El día 8 de marzo un grupo de 23 alumnos y dos profesores salimos del aeropuerto de Madrid Barajas con destino Malta. Nos reunimos a las 5 de la mañana en la puerta 356, todos estábamos muy emocionados de emprender el que sería un viaje memorable, pero lo que no sabíamos era que verdaderas aventuras nos esperaban en esa semana de inmersión lingüística en aquella isla.
El Covid-19 era algo ya presente; sin embargo, nuestra preocupación no era contagiarnos allí, era que en España sí teníamos una cifra que podría llegar a ser preocupante, haciendo que no nos dejaran entrar en el país.
Al aterrizar, antes de llegar a las cintas que devolvían a sus dueños el equipaje que anteriormente había sido facturado, los pasajeros de éste y otros vuelos fueron obligados a pasar delante de una cámara que medía la temperatura corporal. Algo que a muchos nos extrañó, pero tampoco tuvimos mucho en cuenta.
Hicimos lo que teníamos previsto, por las mañanas escuela y por las tardes teníamos una excursión. Por parte de las familias que nos acogían no había problemas, aunque el hecho de que fuésemos españoles fuese algo inquietante para ellos, ya que aquí había bastantes casos. En la escuela teníamos desinfectante a disposición de todos y carteles de prevención de Covid-19 por todas partes, aún así había mucha fluidez de personas de distintos países.
El primer día visitamos La Valeta, una ciudad realmente hermosa que a todos nos encantó. Y esa misma tarde, solo un día después de que llegásemos, recibimos noticias de España, las escuelas se cerraban, todo el mundo estaba alarmado, aquello nos había pillado completamente por sorpresa. La cifras habían ascendido a 999 infectados y 16 fallecidos más, las cosas en España empeoraban por momentos.

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