Hasta el martes habíamos estado sin preocupaciones, pero a partir de ese día todo empezó a avanzar muy rápido. Empezó a correr el miedo; los colegios, familias, trabajadores de Malta temían por el virus, nosotros éramos una amenaza y allí el número de infectados iba aumentando por momentos. Su miedo era comprensible, en un país tan pequeño, donde todos están conectados, el virus fluiría con demasiada facilidad. Empezamos a sentirnos rechazados, una familia quería echar a dos compañeras y nosotros no sabíamos si podríamos volver. Las fronteras se cerraban, las familias se dejaban llevar por el miedo; nosotros temíamos por nuestra estancia, que podría ser prolongada o indefinida, una estancia sin saber dónde podríamos dormir. ¿Y si cerraban los hoteles de Malta? ¿Dormiríamos en la calle?
Pero la mayoría de nosotros hicimos oídos sordos y seguimos disfrutando de lo que quedaba de día hasta tener que volver con la familia que nos hospedaba, ignorando el hecho de que nuestros profesores llevaban ya horas moviendo cielo y tierra para sacarnos de la isla lo antes posible y evitar así quedarnos atrapados allí.
El miércoles por la tarde, nada más llegar a casa de la excursión de ese día, una de las familias empezó a causar problemas. Les dijeron a las dos chicas que se alojaban allí que tenían que hacer las maletas porque se iban. Después de hablar un rato con ellos y con nuestros profesores, conseguimos calmarles y que no llamaran al 911, ya que querían hacernos las pruebas del Covid-19.
A las 19:58 de ese mismo día nos llegó a todos un mensaje de una compañera que nos pedía los DNIs y metía al profesor en el grupo, la situación era muy extraña, nadie sabía qué estaba pasando, pero parecía serio, así que todos nos apresuramos a dar nuestro nombre y DNI por el grupo. Las instrucciones que nos dieron fueron claras: no salgáis y estad atentos al móvil en todo momento.
En ese momento no éramos conscientes de todo lo que estaba pasando, del riesgo que corríamos; tantas cosas de golpe nos llevaron al pánico. Un pánico nacido de la incertidumbre de qué iba a ser de nosotros. Hasta ese momento ninguno se había querido alarmar, pensábamos que lo que estaba pasando con este virus era algo exagerado, que nos dejarían volver a España, porque, en una semana no puede cambiar tanto la cosa ¿verdad?
Al día siguiente, temprano, nos citaron nuestros profesores para comunicarnos algo que temíamos desde hace tiempo. Nos habían cancelado el vuelo, Malta cerraba fronteras y en España no dejaban entrar a nadie. Ellos estaban haciendo todo lo posible para sacarnos de allí, intentando contactar con la embajada, buscando vuelos alternativos a Portugal o incluso Inglaterra, cualquier opción era válida con tal de volver.
La gente nos trataba como si fuésemos a contagiarles solo por el mero hecho de ser españoles y el miedo les invadió a todos. A la mañana siguiente, la escuela de idiomas ya había cerrado y la situación estaba cada vez más tensa. Varias personas tuvieron que cambiarse de casa, ya sea porque no nos daban de beber o comer o simplemente por el hecho de que creían que teníamos el Covid-19.
Ese mismo día,viernes, la familia que hospedaba a tres de nuestras compañeras decidió que era demasiado peligroso tener a esas tres chicas en su casa y las echaron a la calle sin más. Esa misma tarde las realojaron con distintas familias, una de ellas se fue a la casa en la que se encontraban otras dos compañeras del grupo y las otras dos se tuvieron que alojar en casa de una mujer que también tenía ya a otras dos compañeras distintas.
Además, nuestros profesores nos comunicaron que los españoles que habían llegado a Malta a partir del día 11 no podían salir de casa. Por lo que debíamos de llevar nuestra documentación en todo momento para demostrar que habíamos llegado el día 8 y evitar ser multados por la policía maltesa.
Después de dos días de continua tensión, sin saber si podríamos volver a casa o no, nuestros responsables nos comunicaron que seríamos repatriados en un vuelo chárter la mañana del 15 de marzo. No podíamos decir nada a nadie, era sumamente confidencial, éramos prioridad por ser menores y estar sin nuestros tutores legales, pero las cosas se podían complicar si todos los españoles reclamaban un hueco en aquel vuelo. No debíamos tirar por la borda el esfuerzo que había supuesto conseguir ese vuelo y arriesgar la posibilidad de salir de ese país y volver con nuestros familiares.
El sábado lo pasamos en la playa, ya que la excursión que teníamos planeada para ese día era ir a la isla de al lado, y los puertos estaban cerrados. Estábamos nerviosos, intentamos disfrutar de ese día lo máximo posible, pero no podíamos olvidar el hecho de que todo dependía de un vuelo que, si se cancelaba, nos dejaría encerrados en Malta indefinidamente.
Ya el domingo por la mañana, nos reunimos a las 8am en la puerta de la escuela, donde nos esperaba un autobús para llevarnos al aeropuerto. La tensión que había entre nosotros reinaba el ambiente, casi ni hablábamos y nuestras caras reflejaban la seriedad del asunto. Un paso en falso, un minuto tarde y nos quedábamos allí.
El avión salía con retraso, finalmente abrieron la puerta de embarque y nos metieron a nosotros y dos o tres grupos más de españoles en una sala bastante pequeña, completamente acristalada mientras uno a uno nos medían la temperatura. Teníamos miedo, era nuestra única vía de escape.